Olor a verano.
El olor era a verano, y el calor en la habitación en penumbra, con la persiana desenrollada y la ventana abierta, para que un aire espeso, vago y remolón, que se resistía a correr a esa hora de la tarde penetrase, ratificaban la entrada en el solsticio. Federico, tumbado en la cama boca arriba, lanzaba rítmicamente una pelota de goma-espuma al techo, tratando de darle un efecto de rotación, para que justo en el momento de rozar con la cal se produjera una atracción, que hiciera que la pelota se pausara en el aire, señal de que con su mente había conseguido parar el tiempo. La casa de sus abuelos sí qué estaba anclada en el pasado, los muebles del dormitorio donde se encontraba, debían de tener cien años. El aroma de esas maderas era de otra época, quizá de la misma, en la que el Jesús crucificado que coronaba sobre el cabecero de la cama, transitaba por los senderos de la tierra tratando de convencer a los ciegos en la Fe, de lo afortunados que eran por vivir y poder dar vi...